Purificar con sal

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Un poco de ella bastará para devolver la armonía a un espacio o persona, un gesto que tiene, incluso, origen bíblico

En la sabiduría popular se recurre a la sal para la limpieza energética de lugares y objetos de carácter esotérico como piedras naturales para la sanación, y como medio de conexión  entre lo humano y lo divino. Y aunque no se conozca muchas veces el origen de tales ritos, adjudicándoles solo un carácter supersticioso, lo cierto es que forman parte de la memoria colectiva de la humanidad, pues se repiten desde antiguo.

Presente en todas las culturas, la sal, gracias a su valor simbólico y ritual, originado también en sus aplicaciones prácticas que la vinculan a la limpieza, entre otros significados, continúa presente como elemento de purificación, en parte por su reconocido efecto bactericida, lo que permite a su vez la atracción de energías positivas para el espacio o persona que reciba su influencia.

En tiempos bíblicos ya se reconocía este papel y de hecho el libro sagrado tiene numerosas referencias a su uso como elemento purificador. El profeta Eliseo (Segundo Libro de Reyes, 2-19), la emplea para purificar toda el agua de una ciudad a la que llegó, Bet-el, cuyo líquido era malsano y su tierra, estéril. Según se relata, al comprobar esta situación, pidió un puñado de sal que fue colocado en un plato nuevo, se dirigió a un manantial y echó allí la sal, diciendo: “Así habla el Señor: Yo saneo estas aguas; ya no saldrá de aquí muerte ni esterilidad. Y las aguas quedaron saneadas hasta el día de hoy, conforme a la palabra pronunciada por Eliseo”.

Igualmente, en Levítico 2, 13, se indica la sal como elemento imprescindible para las ofrendas a Dios, con lo que se otorga un poder de sanación y puente con lo sagrado,  lo que también se ratifica en la presencia de la misma en los ritos del bautismo.

En la antigua Grecia, Homero llama divina a la sal, y se relata su uso en sacrificios expiatorios y ritos de purificación simbólica, mientras Platón la describe como especialmente estimada por los dioses. Así, en toda la Edad Media y hasta nuestros días, se mantiene este vínculo como elemento mágico, capaz de devolver la armonía a lo desequilibrado y atraer así la buena fortuna.

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